Disparate ferroviario
Según palabras textuales del ministro de Transportes y Movilidad Sostenible, Óscar Puente, "El tren vive en España el mejor momento de su historia". Esta aseveración podría parecer exagerada a la vista de las frecuentes apariciones de nuestro sistema ferroviario en los medios de comunicación por las reiteradas incidencias, averías y retrasos producidos en el servicio. A continuación de esta frase el político hizo referencia para apoyarla a las cifras de récord de usuarios que escogen el transporte ferroviario. Bien, lo compro, es un éxito que año a año haya más personas moviéndose en tren, pero no es menos cierto que, en una sociedad avanzada, la sola masificación de los servicios no es un bien en sí, hay que acreditar, también, una calidad razonable en la prestación, y ésta es la queja actual de la sociedad, que la calidad ha ido disminuyendo a ojos vista.
Buena parte del problema parece estar en la escasa inversión en el mantenimiento y mejora de la red. No siendo esto culpa exclusiva de Puente, sí resulta patético su intento de escurrir el bulto de su responsabilidad achacando los problemas a sabotajes que, aun no siendo descartables, se han demostrado falsos por las fuerzas de seguridad, y a la reducción de la inversión propiciada por el anterior gobierno popular. Esta última razón sí parece esgrimible, pero se le olvida al ministro que el gobierno al que pertenece lleva ya siete años en el poder, años que también han sido récord en recaudación fiscal y recepción de fondos europeos, y ese periodo parece lo suficientemente amplio como para haber paliado las supuestas deficiencias heredadas.
La fuente del problema empezó a manar hace más de treinta años, cuando descubrimos las bondades de la alta velocidad y los políticos, de todos los gobiernos habidos, descubrieron que era mucho más rentable electoralmente prometer kilómetros y kilómetros de trenes ultramodernos y ultrarrápidos a la población y que eran mucho más impactantes las inauguraciones de líneas de alta velocidad que las modestas mejoras en la media distancia y las cercanías. El resultado ha sido que muchas localidades fuera de las líneas principales han visto reducida su frecuencia o incluso se han suspendido y las cercanías de las grandes urbes están servidas con trenes cuya vida útil parece estar llegando a su fin. El disparate ha llegado al punto de que un país con una renta per capita más que discreta es el segundo en kilómetros de alta velocidad, detrás de China: quiero y no puedo.
Pero, como lo hemos apostado todo al volumen de estas líneas (y como Dios escribe recto con renglones torcidos y nos hemos olvidado de su mantenimiento) la calidad pronto se igualará a la poco deseable de las cercanías y la media distancia. La prueba de ello es que los parones en el servicio, los retrasos, los trenes parados en las vías y los viajeros andando por ellas, han dejado de ser noticia para convertirse en un hecho, si no habitual, sí ciertamente frecuente.
La única solución, improbable en las actuales circunstancias políticas, es alcanzar un acuerdo de inversión en el sistema y reordenación del mismo que comprometa por décadas a gobiernos futuribles. Soñar es gratis.
Por QuoHispania el 2025-07-09